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220 millones al día: la guerra de Washington que paga el pueblo estadounidense

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Cuatro días de Operación Epic Fury, más de 2.300 millones de dólares del contribuyente estadounidense y un ritmo de gasto que no da señales de frenarse. La aritmética de esta guerra no favorece al agresor.

Desde que comenzaron los ataques el 28 de febrero de 2026, la factura no para de subir. Cuatro días después, el costo estimado de la Operación Epic Fury oscila entre 1.926 y 2.868 millones de dólares —sin contar los 890 millones adicionales en eventos discretos de combate—, con un ritmo sostenido de 220 millones por jornada, 9,1 millones por hora, 2,5 dólares por segundo. Un contador digital que corre sin pausa es el testimonio más elocuente de lo que cuesta esta guerra.

INDOTEL

Para entender la magnitud: en doce días de escalada en junio de 2025, repeler una ofensiva iraní de más de mil drones y 550 proyectiles balísticos les costó a los aliados entre 5.000 y 10.000 millones de dólares solo en interceptores. Si Irán replicara ese patrón diez veces en un año —y su cadencia de producción lo permite—, los arsenales occidentales podrían vaciarse antes de que terminara el primer año de conflicto.

Ese es el punto de partida. Lo que sigue es peor. La ventaja militar de Estados Unidos se mide por la sofisticación de sus sistemas de defensa. Lo que rara vez aparece en los comunicados es el precio de reposición.

Cada misil PAC-3 del sistema Patriot cuesta entre cuatro y cinco millones de dólares. El sistema THAAD, diseñado para interceptar amenazas a gran altitud, eleva la apuesta; cada unidad supera los doce millones. La producción anual combinada de ambos no alcanza para cubrir el ritmo de consumo que impone un conflicto sostenido.

El presupuesto de defensa antimisiles para 2026 supera los 15.000 millones, y el proyecto Golden Dome —la iniciativa de integración espacial y antimisiles— absorbe otros 13.000 millones sin haber disparado una sola pieza en este conflicto.

Del lado iraní, la aritmética es otra. Un dron Shahed cuesta entre 20.000 y 50.000 dólares; sus misiles balísticos, entre uno y dos millones. Se fabrican en serie, a centenares por mes, concebidos para un propósito preciso: obligar al adversario a gastar cien dólares por cada dólar que cuesta el ataque.

No es una guerra de potencias simétricas. Es una guerra de desgaste que Irán lleva décadas preparando.

Los generales le dijeron a Trump

El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, advirtió a Trump antes de que comenzaran las operaciones, que una campaña larga haría imposible contener una represalia iraní con los almacenes bajo mínimos. Filtraciones del Pentágono, recogidas por medios estadounidenses, fueron más concretas: pasados diez días de ataques continuos, las reservas de algunos misiles esenciales comenzarían a escasear.

Trump desestimó las advertencias. En Truth Social escribió que las reservas «nunca han estado tan altas» y que las guerras pueden librarse «para siempre» con ese suministro. Días después admitió que el plan original contemplaba cuatro o cinco semanas de operaciones —exactamente el plazo en que sus generales situaban el punto crítico de agotamiento—.

La contradicción tiene antecedentes concretos. Los arsenales de Washington llegaron a esta guerra ya mermados por años de apoyo militar a Israel y Ucrania; dos frentes simultáneos habían tensado una cadena de suministro no diseñada para esa presión acumulada. El tercero exige lo que queda.

El analista de conflictos en Oriente Medio, Kirill Semyonov, señala que la estrategia de todo o nada de Irán tomó por sorpresa a Washington. «Los ataques contra infraestructuras energéticas del Golfo no son golpes de ira, sino movimientos calculados para elevar el costo geopolítico y económico de cada semana que pasa.»

Sin haber previsto un compromiso largo, Washington enfrenta dos opciones igualmente sombrías: una invasión terrestre o un conflicto sin fecha de salida, con Irán capaz de reavivar las hostilidades cuando lo decida.

En este escenario, Trump ordenó a la Corporación Financiera de Desarrollo ofrecer seguros de riesgo político a todas las líneas navieras que crucen el Golfo Pérsico, y fue más lejos: si fuera necesario, la Marina estadounidense escoltará petroleros a través del estrecho de Ormuz.

El mismo estrecho que Washington e Israel convirtieron forzosamente en campo de batalla. Irán advirtió que destruirá todo barco que intente cruzarlo.

Estados Unidos provoca la crisis, bloquea la ruta y luego se ofrece a protegerla —con sus barcos de guerra, a precio razonable— como si fuera un servicio al mundo. «El poder económico y militar de los Estados Unidos es el mayor del planeta», escribió Trump. «Se tomarán medidas adicionales.»

La historia de los conflictos prolongados enseña que no siempre gana el más poderoso, sino el que aguanta más tiempo. Irán construyó su doctrina militar en torno a esa premisa. Washington entró convencido de su superioridad, y superioridad no es lo mismo que resistencia. Una guerra iniciada mientras los negociadores aún tenían la palabra —con arsenales comprometidos— es, ante todo, una factura abierta. Y, tarde o temprano, el contribuyente estadounidense las paga.