Antihaitiano, Traidor: Clichés para el Chantaje contra la Libertad de Expresión

En la República Dominicana, abordar temas como los derechos humanos, el tratamiento justo hacia los migrantes o la necesidad de medidas efectivas contra la migración ilegal se ha convertido, para muchos, en un terreno minado. Lo que debería ser un debate racional y objetivo a menudo se transforma en un campo de batalla donde la libertad de expresión es atacada con etiquetas y clichés que buscan silenciar cualquier voz disidente.

«Antihaitiano» o «traidor» son algunos de los términos que se lanzan como armas para deslegitimar a quienes intentan analizar estos asuntos con un enfoque equilibrado. Durante años, el país ha sido testigo del tráfico de personas de diversas nacionalidades: chinos, cubanos y venezolanos han cruzado sus fronteras en busca de mejores condiciones o como paso hacia otros destinos.


Sin embargo, solo los haitianos, por su número abrumador, han adquirido relevancia en el discurso público y político. Esta atención desproporcionada ha alimentado una narrativa que ignora la complejidad histórica de la migración y reduce el problema a un solo grupo, amplificando prejuicios y tensiones.

La polarización en torno a la migración haitiana ha dado lugar a un ambiente en el que ciertos grupos, con evidentes sesgos racistas, xenófobos y fascistas en su pensamiento, no toleran el diálogo. En lugar de argumentos, recurren a la agresión verbal en redes sociales y a campañas organizadas para desprestigiar a quienes se atreven a cuestionar el statu quo o a proponer soluciones que no se alineen con sus posturas extremas.


Este chantaje emocional y social no solo limita la libertad de expresión, sino que también empobrece el debate público, reduciéndolo a insultos y acusaciones en lugar de ideas y propuestas. Hablar de derechos humanos no debería ser un acto de traición, ni abogar por un trato digno hacia los demás debería convertir a alguien en blanco de odio.

Sin embargo, en este contexto, quienes intentan abordar el tema de manera objetiva son rápidamente señalados y estigmatizados. Los mal llamados partidos nacionalistas y patrióticos, que parecen haber olvidado que las últimas dos guerras en suelo dominicano no fueron contra los haitianos, sino contra los norteamericanos, muestran una incoherencia reveladora.


Estos grupos, que enarbolan la bandera del patriotismo, guardaron silencio ante el hurto de dos aviones venezolanos en territorio dominicano por parte del Departamento de Estado norteamericano, así como frente a la llamada de Mike Pompeo al entonces presidente constitucional Danilo Medina, instándolo a declinar sus aspiraciones políticas. También callaron cuando se abordó un yate en puertos dominicanos solo por pertenecer a un ruso, un acto que refleja otra injerencia norteamericana en la vida dominicana, sin que estos «patriotas» alzaran la voz en defensa de la soberanía nacional.

El patriotismo y el nacionalismo, palabras que deberían englobar el rechazo a toda injerencia extranjera, se ven sesgados por estos sectores, que eligen sus batallas no por principios, sino por conveniencia. La República Dominicana enfrenta retos reales en materia de migración ilegal, pero la solución no puede basarse en el silencio impuesto ni en la demonización de quienes buscan respuestas más allá del rechazo visceral.


Es necesario un espacio donde se pueda discutir sin miedo, donde las políticas públicas se construyan con datos y no con prejuicios, y donde la libertad de expresión sea un derecho respetado, no un privilegio condicionado. Mientras los clichés, las agresiones y las contradicciones de un nacionalismo selectivo dominen la conversación, el país seguirá atrapado en un ciclo de división que beneficia a pocos y perjudica a todos.

creado por Multimedios LZO, La Agencia de Prensa

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