
¿Cuándo empezaron a torcérsele las cosas a Rivera? En el instante en que creía que le iban mejor. Allí donde los matrimonios se llaman por el apellido y los candidatos se tutean. Es una víctima más de Iglesias, el vencedor de anoche, el depredador: «A este paso nos presentamos juntos», le dijo.

No fue así, pero fueron de la mano a casi todos los sitios. Se retaron como gladiadores y compartieron horas de plató y espectáculo. Pablo utilizó a Albert como antes lo había hecho con Garzón y mañana lo intentará con Sánchez: colegueando. Iglesias admira a Lenin. La conquista del Estado lleva su tiempo. Le llaman fases. La secuencia es la misma: oferta y fagocitación.
Iglesias necesitaba a Rivera para romper el eje izquierda-derecha y plantear las elecciones sobre la dimensión nueva-vieja política. Ahí jugaba con ventaja. Podemos tiene el copyright de los términos que funcionan contra la casta. Es la marca registrada de la gente, del pueblo; los otros, de los ciudadanos, matiz singular. A Pablo también le venía de perlas zascandilear con Albert para dulcificar su imagen. «¿Si el niño bien me acepta, por qué usted no habría de hacerlo?». Dimos la bienvenida a Iglesias, y Rivera dudó en vez de ser tajante.
Las señoras de Chamberí buscaban un mirlo blanco, no un monologuista. Rivera perdió entidad al tiempo que, mal aconsejado, aceleró el paso. Sus asesores tenían más prisas que él. «Un presidente para hoy, un relevo para mañana», tituló su editorial EL MUNDO la aciaga víspera electoral de 2004. Rivera dio un tardío volantazo.
Mantuvo sus votos por la derecha; por la izquierda se impuso el odio a Rajoy y el mito de la unidad. Víctima del dilema del prisionero, algo se descompuso.
El dualismo de tendencias ha sustituido al bipartidismo, con un añadido: el electorado se ha escorado a la izquierda. El Rivera más paciente sigue siendo necesario.
Queda demostrado que la ley electoral lo permite todo. Los grandes partidos han fracasado, cuando esto ocurre, dicen los libros, surgen dos formaciones: una populista, otra tecnócrata.
















