Europa se recompuso tras la Segunda Guerra Mundial gracias a una inyección masiva de créditos a través del llamado «Plan Marshall». Desde entonces, el endeudamiento se ha convertido en un fenómeno incontrolable y sistémico. Lo que comenzó como una herramienta de reconstrucción se transformó en una dinámica permanente de deuda que sostiene al sistema, pero a un costo altísimo.
Mientras esto ocurre, los «derechos adquiridos» durante décadas por las clases trabajadoras europeas se encuentran cada día más en riesgo: pensiones recortadas, precarización laboral, desmantelamiento de servicios públicos y una erosión constante del Estado de bienestar que antes parecía sólido.

Esa misma Europa prosperó, además, gracias al saqueo sistemático de África. El continente africano posee también un sistema capitalista de producción, pero las grandes empresas —casi siempre occidentales— dominan los recursos clave. Para mantener ese control, fomentan la corrupción local, perpetúan estructuras neocoloniales y extraen riqueza sin permitir un desarrollo soberano real en el Sur global.
En América Latina, los problemas de desarrollo humano esencial siguen sin resolverse. Países como Costa Rica, que abolió su ejército y evitó gastos militares masivos, hoy enfrentan graves crisis de seguridad —con tasas de homicidios récord y penetración del narcotráfico— y un deterioro notable en el nivel de vida de amplios sectores de la población.
En la mayoría de los países latinoamericanos gobiernan oligarquías que hacen negocios directamente con el Estado. Impulsan la economía, sí, pero a costa de tributos bajos, exenciones fiscales masivas y privilegios para las élites. Como regla general, además, controlan los principales medios de comunicación, lo que les permite moldear la opinión pública y perpetuar su dominio.
Un caso aparentemente distinto es Canadá, donde el Estado aplica altas tasas impositivas para financiar un amplio sistema de servicios públicos y mantener un nivel de vida elevado. Allí, los cambios de gobierno no han significado rupturas drásticas en la línea general de políticas sociales y económicas; prevalece una continuidad que parece proteger cierto grado de estabilidad y bienestar.
En Estados Unidos, en cambio, gobierna una «oligarquía financiera» que vende el falso «Sueño Americano» y una democracia de fachada. Se vota cada cuatro años, pero el país sigue igual: el Banco Central (la Reserva Federal) está en manos privadas, y cuando el sistema falla —como en la crisis financiera de 2008—, es el gobierno (es decir, los contribuyentes) quien sale al rescate de los grandes bancos y corporaciones.
Algo resulta claro: los pocos países que mantienen un modelo «socialista» (o con fuerte planificación estatal de la economía) exhiben mayor estabilidad en varios sentidos —social, política y, en algunos casos, económica—. La planificación centralizada evita las crisis cíclicas salvajes del capitalismo, reduce la especulación descontrolada y prioriza (al menos en teoría) las necesidades colectivas sobre el lucro privado.
El capitalismo, tal como lo conocemos, no ha resuelto —y parece incapaz de resolver— las contradicciones que genera: concentración de riqueza, deuda perpetua, saqueo global, inestabilidad social y pérdida progresiva de derechos. Sus “éxitos” descansan sobre explotación histórica y mecanismos de transferencia de riqueza del Sur al Norte, de los trabajadores a las élites. Mientras siga siendo el modelo dominante, seguirá profundizando las desigualdades que dice combatir.
El Libre Mercado nunca existió, la Globalización fue un invento, un fracaso, los Capitalistas buscaron y buscarán dónde producir a menor costo y explotar más, haciendo que los impulsos de saqueos contra los mas débiles, prevalezca, como siempre.
¿Hasta cuándo podremos seguir diciendo que “funciona”?
Si bien la afirmación puede ser cruda, la realidad es que cada ejemplo analizado caso a caso y teniendo en cuenta
que el desarrollo del llamado Primer Mundo ha sido a costa del resto de los países, podría ser válido el cuestionamiento total del sistema.
creado por Multimedios LZO según texto de Fernando Buitrago

















