artículo según texto de Fernando Buitrago
El término Lameculos lo acuño Donald Trump refiriéndose a sus otras aliados.

El gobierno de Costa Rica, bajo la batuta de Rodrigo Chaves, acaba de dar una nueva prueba de que el servilismo político no tiene límites ni vergüenza cuando se trata de lamer botas ajenas. Este miércoles 18 de marzo de 2026, anunciaron el cierre de su embajada en La Habana y, para rematar la sumisión, exigieron al gobierno cubano retirar a casi todo su personal diplomático en San José, dejando apenas lo consular para que no digan que los dejaron sin pasaporte. La excusa oficial: “deterioro de los derechos humanos”, “represión”, “condiciones indignas”. Palabras grandilocuentes que suenan muy bien en los pasillos de Washington, pero que esconden la verdadera razón: alinearse descaradamente con la política de Estados Unidos hacia Cuba.
No es casualidad que el anuncio lo hicieran en Peñas Blancas, frontera con Nicaragua, justo al lado de la embajadora estadounidense Melinda Hildebrand y con frases de manual como “hay que limpiar al hemisferio de comunistas” o “no reconocemos la legitimidad del régimen”. Es el mismo libreto que se repite cada vez que un gobierno de la región decide arrodillarse ante el Tío Sam para ganar puntos en la foto, en el comercio o en la ayuda económica disfrazada de “cooperación”.
Y no contentos con ser los últimos en la fila, emulan servilmente lo que hizo Ecuador hace apenas unas semanas. Daniel Noboa declaró persona non grata al embajador cubano y a toda su misión, les dio 48 horas para salir, y el régimen cubano respondió cerrando su propia embajada en Quito. Costa Rica vio el show, aplaudió desde la butaca y dijo: “yo también quiero”. Copia y pega diplomático de manual lameculos: expulsar, cerrar, justificar con derechos humanos y esperar el aplauso de la Casa Blanca.
Lo patético no es solo el acto en sí, sino la cobardía intelectual que lo sostiene. Costa Rica, que durante décadas se vendió como el país “neutral”, “pacifista”, “sin ejército”, el que mediaba conflictos y predicaba diálogo, ahora se suma al coro de los que prefieren el garrote a la palabra. ¿Dónde quedó esa tradición tica de no dejarse arrastrar por las grandes potencias? Ah, claro: se la comieron los intereses, el miedo a quedar mal con el vecino del norte y la necesidad de diferenciarse de los gobiernos “progres” o “izquierdistas” de la región.
Mientras tanto, el pueblo cubano —el de verdad, el que sufre apagones, escasez y represión— no gana nada con estos gestos. Ni un gramo menos de bloqueo, ni un preso político menos en las cárceles, ni un ápice de presión real sobre el régimen. Solo más aislamiento, más polarización y más excusas para que La Habana siga culpando al “imperio” de todos sus males. Y Costa Rica, en lugar de usar su prestigio histórico para empujar un diálogo serio, opta por el camino fácil: el de la foto con la bandera estadounidense de fondo.
Este cierre de embajada no es diplomacia; es genuflexión. No es defensa de derechos humanos; es postureo geopolítico barato. Y no es soberanía; es todo lo contrario: la renuncia explícita a decidir por cuenta propia para convertirse en el perrito faldero de turno en el patio trasero de Washington.
Lameculos de manual. Y lo peor: ni siquiera lo disimulan.

















