
Llegaron desde el norte, en medio del conflicto de la posguerra fría, con dinero del sionismo (Israel gobernado por herederos de jázaros, no de judíos) para buscar fundar, en naciones laicas, sucursales que proclaman la Biblia y a Cristo, pero el amor a un país que escupe y destruye las imágenes de Jesús.
Llegaron del norte, de la mano de la CIA, y atraparon a buenas personas en la creencia de que la evangelización ultra dando vivas a Israel tenía sentido, mientras, sin piedad ni justificación, pedían el diezmo para cambiar sus carros, llenar sus alcancías y hasta comprar un avión privado.
Ya establecidos, con decenas, cientos o miles de fieles, apuntan a quienes dirigen los países, los políticos, y hasta se plantean, manipulando la Biblia a su conveniencia, asaltar el poder del Estado para, como los ultras musulmanes, obligar a todos a seguirles, a criticar hasta maldecir a quien les critique y convertir la «libertad» en su chiche, mientras permiten que sus amos modelen los países para extraerles los recursos naturales.
¿Cuál es el fin de esta historia si ahora pagan juntos por pecadores?
Se critica el fanatismo musulmán, pero se promueve el fanatismo cristiano que aplaude a los usurpadores de la Biblia, el sionismo.
Una mente atrapada, captada, secuestrada en el fanatismo, el que sea, es un alma sentenciada a la ignorancia y a la falta de libertad, de libre albedrío.
Ciudadanos creyentes terminaron convertidos en pastores de buena fe, convencidos de que la «palabra de Dios» hay que difundirla y de que ahí está la salvación; terminan siendo piezas necesarias para la conquista del poder político de los de siempre, los explotadores.
Se cierne sobre el mundo el grave problema de quienes, desde las iglesias secuestradas, bendicen a los explotadores. Esto va más allá, mucho más allá, de las derechas y las izquierdas, de los buenos y los malos, del capitalismo y el socialismo; va más allá de la fe.
Fernando Buitrago
5/10/2028

















