El presidente Donald Trump anunció el 19 de agosto de 2026 la que calificó como “la operación económica más aplastante jamás realizada contra ningún país”. En un mensaje cargado de mayúsculas en Truth Social, declaró una guerra económica total contra Irán y amenazó con “tremendas consecuencias” a cualquier nación que ofrezca un salvavidas a Teherán. Detrás de la retórica contundente se esconde una realidad mucho más incómoda para Washington: la profunda desesperación de Estados Unidos por no lograr que Irán abra el Estrecho de Ormuz.

Seis meses después del inicio del conflicto, el estrecho —por el que transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial— sigue significativamente obstruido. Irán ha convertido el control de esa vía marítima en su principal carta de negociación y disuasión. Cada día que permanece parcialmente cerrado o amenazado se traduce en alzas de los precios de los combustibles, inflación importada y un costo político creciente para Trump a menos de tres meses de las elecciones de noviembre.
Un Estrecho que no cede
Washington afirma haber destruido gran parte de la marina, la fuerza aérea y las fábricas militares iraníes. Sin embargo, Teherán mantiene suficiente capacidad para hostigar el tráfico en Ormuz mediante drones, misiles y embarcaciones rápidas. Las negociaciones se han estancado una y otra vez. Cada intento de acuerdo choca con la exigencia iraní de mantener algún grado de control o garantía sobre el estrecho. Para el régimen, ceder completamente equivaldría a renunciar a su único gran poder de presión.
El resultado es un callejón sin salida. Estados Unidos no puede forzar militarmente la reapertura total sin una escalada de costos aún mayores, y las sanciones —incluso las más agresivas— no han logrado quebrar la voluntad iraní. Mientras tanto, los precios de la gasolina en Estados Unidos se mantienen elevados, las cadenas de suministro energéticas globales siguen tensionadas y el electorado estadounidense siente el impacto en su bolsillo.
China y Rusia: el muro que impide el aislamiento total
Ante la imposibilidad de abrir Ormuz por la vía militar o diplomática, Trump ha recurrido al arma económica. Pero aquí aparece el segundo gran problema: China y Rusia.
China sigue siendo el destino de entre el 80 % y el 90 % del petróleo que Irán logra exportar. Las refinadoras independientes chinas, las llamadas “teapots”, absorben el crudo con descuentos y a través de redes opacas de flota fantasma y transferencias barco a barco. Sancionar de forma contundente a esas empresas o a los bancos que las respaldan implicaría una confrontación directa con Beijing, algo que Washington no parece dispuesto a asumir en plena crisis energética y a las puertas de unas elecciones.
Rusia, por su parte, aporta un apoyo más militar y logístico que comercial. El corredor del Mar Caspio permite el intercambio de componentes de drones, inteligencia y tecnología sin pasar por las rutas controladas por Estados Unidos. Moscú y Teherán comparten redes de evasión de sanciones y un interés común en desgastar el poder estadounidense.
El resultado es claro: el aislamiento total de Irán es prácticamente imposible mientras China siga comprando su petróleo y Rusia mantenga abiertas las vías alternativas. El “Día D económico” puede apretar el cerco, reducir ingresos y generar más sufrimiento interno en Irán, pero no cierra el grifo por completo.
El reloj electoral
La desesperación de Washington se vuelve tangible en el calendario político. Las alzas de los combustibles alimentan la inflación y erosionan la aprobación presidencial. En julio, apenas el 28 % de los estadounidenses respaldaba el manejo del conflicto. Cada semana que Ormuz permanece obstruido convierte el precio de la gasolina en un argumento de campaña para la oposición.
Trump necesita resultados visibles: o un acuerdo que reabra el estrecho y baje los precios, o un golpe económico tan contundente que obligue a Irán a ceder. El anuncio del 19 de agosto busca proyectar fuerza y determinación. En la práctica, revela la dificultad de Estados Unidos para imponer su voluntad cuando el adversario cuenta con el respaldo de las dos potencias que más desafían el orden liderado por Washington.
Irán está golpeado, sí. Su economía se contrae, su moneda se deprecia y su capacidad militar ha sido degradada. Pero mientras controle —aunque sea parcialmente— el Estrecho de Ormuz y mantenga abiertas las válvulas de escape hacia China y Rusia, conserva una capacidad de resistencia que frustra los planes de máxima presión. El “Día D económico” no es solo una ofensiva: es también el reconocimiento de que, a pocas semanas de las elecciones, Estados Unidos sigue sin lograr lo que más necesita: que el petróleo vuelva a fluir libremente por Ormuz.


















