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La Operación Northwoods: Cuando el Pentágono planeó atacar a su propio pueblo

Puntos Vida

En 1962, en plena Guerra Fría y tras el fracaso de la Bahía de Cochinos, los más altos mandos del Departamento de Defensa de Estados Unidos elaboraron un documento secreto que hoy sigue generando controversia. Su nombre en clave era Operación Northwoods. Se trataba de un plan detallado para justificar una intervención militar contra Cuba mediante operaciones de falsa bandera (false flag) contra ciudadanos y objetivos estadounidenses, con el fin de culpar al gobierno de Fidel Castro y generar apoyo popular para una guerra.

¿En qué consistía el plan?

Los jefes del Estado Mayor Conjunto (Joint Chiefs of Staff), encabezados por el general Lyman Lemnitzer, propusieron una serie de acciones extremadamente concretas y perturbadoras:

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  • Secuestros y derribos de aviones: Simular el secuestro de aviones comerciales estadounidenses y, en algunos escenarios, llegar a derribar aeronaves civiles (incluyendo el uso de aviones no tripulados o duplicados) para atribuirlo a Cuba.
  • Explosiones y atentados: Colocar bombas en ciudades estadounidenses, en bases militares o en Guantánamo, e incluso hundir barcos con refugiados cubanos.
  • Atentados contra ciudadanos: Asesinar a exiliados cubanos en territorio estadounidense o crear incidentes que provocaran víctimas mortales, con el objetivo de generar “indignación nacional” a través de los medios.
  • Otras provocaciones: Simular ataques cubanos contra instalaciones militares o civiles para fabricar un casus belli creíble.

El documento, desclasificado años después y disponible en los archivos nacionales de EE.UU., era sorprendentemente detallado y pragmático en su lenguaje burocrático. Los militares argumentaban que “la lista de bajas en los periódicos estadounidenses provocaría una ola útil de indignación nacional”.

El rechazo y sus implicaciones

El plan fue presentado al secretario de Defensa, Robert McNamara, y finalmente llegó al presidente John F. Kennedy. Kennedy lo rechazó. Poco después, el general Lemnitzer fue relevado de su cargo como presidente del Estado Mayor Conjunto. El documento quedó archivado y no se ejecutó.

Sin embargo, su mera existencia es utilizada frecuentemente como prueba de que gobiernos democráticos han considerado, al menos en momentos de alta tensión, recurrir a tácticas que hoy asociamos con teorías de conspiración. Demuestra que, en el contexto de la amenaza percibida del comunismo cubano, sectores del poder militar llegaron a contemplar sacrificar vidas estadounidenses para lograr objetivos geopolíticos.

Contexto histórico

Northwoods formaba parte del proyecto más amplio Operation Mongoose, un programa de sabotaje, propaganda y acciones encubiertas contra el régimen castrista. Tras la Crisis de los Misiles de octubre de 1962, la tensión llegó al límite, pero la vía diplomática y el bloqueo prevalecieron sobre las propuestas más extremas.

Hoy, el documento se cita en debates sobre transparencia gubernamental, límites éticos del poder y la importancia de los mecanismos de control civil sobre los militares. Su desclasificación en los años 90 (gracias a la Ley de Libertad de Información) reforzó la idea de que incluso en democracias consolidadas pueden surgir propuestas que desafían principios básicos de derechos humanos y honestidad institucional.

Reflexión final

La Operación Northwoods no se llevó a cabo, lo cual es un recordatorio de que las instituciones, aunque imperfectas, contaron en ese caso con salvaguardas (el presidente y el secretario de Defensa) que impidieron su ejecución. No obstante, su existencia invita a la prudencia: el poder siempre debe estar sometido a escrutinio público y a controles fuertes.

Casos como este alimentan reflexiones más amplias sobre narrativas de control, propaganda estatal y la manipulación de la opinión pública, temas que exploran autores contemporáneos en ensayos críticos sobre poder, medios y sociedad. La historia de Northwoods sigue siendo una lección sobre hasta dónde pueden llegar las instituciones cuando perciben una amenaza existencial.

Mantener viva la memoria de estos documentos desclasificados es fundamental para fortalecer las democracias y evitar que se repitan errores del pasado.

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