El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva no asistirá a las ceremonias de investidura de Keiko Fujimori en Perú ni de Abelardo de la Espriella en Colombia. Según fuentes oficiales de Planalto, el mandatario priorizará su agenda interna y no tiene previsto viajar a ninguna de las dos tomas de posesión.Más allá del argumento protocolar, la decisión de Lula es leída como un claro gesto político. Se trata de un rechazo explícito a legitimar con su presencia dos victorias de la derecha radical que llegan al poder envueltas en fuertes cuestionamientos.
En Perú, Keiko Fujimori se impuso por un margen extremadamente estrecho: 49.641 votos de diferencia sobre el candidato izquierdista Roberto Sánchez. El resultado ha sido impugnado por denuncias de anomalías masivas, especialmente en el voto exterior.

En Colombia, Abelardo de la Espriella asumirá el 7 de agosto tras una contienda también muy ajustada. El presidente saliente, Gustavo Petro, y el senador Iván Cepeda lo han señalado por presuntos nexos con sectores paramilitares y por una supuesta manipulación digital de gran escala. Petro ha denunciado públicamente el uso de plataformas de origen israelí que, según él, habrían manipulado algoritmos para inclinar la elección.
Dos victorias de la derecha. Dos procesos marcados por denuncias de irregularidades, injerencia tecnológica y márgenes ínfimos que generan dudas sobre su legitimidad.
Mientras algunos gobiernos del Norte celebran “el retorno del orden” y la derrota del progresismo en Suramérica, Lula —el líder de mayor peso político que mantiene la bandera progresista en la región— opta por no convalidar lo que considera una farsa democrática.
Para el mandatario brasileño, la democracia liberal se ha convertido, en estos casos, en una máscara funcional a la acumulación de poder, la privatización de lo público y la entrega de soberanía. Su ausencia no es neutralidad diplomática: es una forma de no participar en el espectáculo.
En un continente donde el péndulo vuelve a inclinarse hacia la derecha dura, con promesas de mano dura, más privatizaciones y mayor alineamiento con agendas externas, la decisión de Lula resalta como un acto de coherencia política. No se trata solo de protocolo. Es una lectura del poder: cuando el margen es tan estrecho y las denuncias tan graves, asistir equivale a legitimar.



















