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El “diezmo” al descubierto: ¿Debe regularse el «negocio pastoral»?

En República Dominicana las iglesias evangélicas han experimentado un crecimiento explosivo.
Lo que para muchos sigue siendo un espacio de fe y consuelo, para otros se ha convertido en un próspero negocio sin fiscalización.

El diezmo, originalmente una práctica espiritual voluntaria, se ha transformado en una fuente de ingresos masiva que opera al margen de cualquier control estatal.

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Puntos Vida

Existe una diferencia abismal entre los verdaderos pastores y los empresarios religiosos.
Los primeros suelen pastorear pequeñas congregaciones, viven con modestia y dedican su vida al servicio genuino sin buscar reflectores ni lujos. Su ministerio es real, sacrificado y transparente.

Por el contrario, los impulsores de la teología de la prosperidad han construido verdaderos imperios. Megatemplos, emisoras, universidades y empresas a su nombre. Varios de ellos enfrentan acusaciones en diferentes países por lavado de activos y enriquecimiento ilícito. En República Dominicana operan con total opacidad, protegidos por una exención fiscal que ya resulta insostenible.

Lo más curioso es que hoy existen escuelas y academias que enseñan a los “pastores” técnicas de mercadeo, persuasión, manejo de audiencias y estrategias de ventas emocionales.
Se capacitan como si fueran coaches o vendedores de alto rendimiento. Usan neuromarketing, storytelling y tácticas de cierre de ventas para maximizar las ofrendas.

Esto ya no disimula: es la formación de vendedores espirituales.

Hasta ahora las iglesias evangélicas han logrado mantenerse fuera de la lupa de la DGII y la Unidad de Análisis Financiero.

Mientras cualquier negocio debe declarar y pagar impuestos, ellas invocan “fines religiosos” y quedan exentas de casi toda obligación que se ha convertido en un escudo perfecto para posibles irregularidades.

Regular el negocio pastoral no significa perseguir la fe. Significa exigir transparencia a quien recibe dinero del público. Los verdaderos pastores no tienen nada que temer. Los que sí temen la fiscalización probablemente nunca fueron pastores, sino empresarios disfrazados de ungidos.

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