
Ezequiel Molina Sánchez, hijo del histórico pastor Ezequiel Molina Rosario y actual figura visible del ministerio La Batalla de la Fe, representa con claridad una deriva del evangelismo extremista que, en lugar de promover paz y concordia, profundiza divisiones sociales y políticas.
Desde su posición como vicepresidente del ministerio y director de medios cristianos, Molina Sánchez ha utilizado la plataforma religiosa para intervenir de forma agresiva en el debate público. Sus declaraciones no se limitan a la predicación espiritual: se convierten en mensajes políticos sesgados, ofensivos y excluyentes.
Ha llamado “demonios” a legisladores que impulsan leyes a favor del aborto o de derechos de la comunidad LGBTIQ+. Ha calificado la homosexualidad de “asco” y “abominación”. Ha exhortado abiertamente a no votar por candidatos que no se ajusten a su visión moral. Este tipo de lenguaje no busca el diálogo ni la conversión: busca estigmatizar y movilizar rechazo.
Su estilo es implacable. No distingue entre diferencia de opinión y amenaza moral. Quienes piensan distinto en temas de sexualidad, derechos reproductivos o roles de género son presentados como enemigos de la fe y de la nación. Esa forma de predicar convierte el púlpito en trinchera ideológica de ultraderecha.
El evangelismo que él representa no une. Divide. Utiliza la religión para reforzar prejuicios, condicionar el voto y señalar a grupos enteros como indeseables. Mientras algunos líderes religiosos buscan construir puentes, figuras como Molina Sánchez apuestan por la confrontación y el miedo.
No se trata de cuestionar la libertad de culto. Se trata de señalar cuando un discurso religioso se transforma en herramienta de polarización política y exclusión social. Ezequiel Molina Sánchez es un ejemplo claro de esa corriente: un pastor que predica más división que concordia.
texto según idea de FERNANDO BUITRAGO

















