Las pruebas internacionales de evaluación educativa, especialmente PISA, se presentan cada ciclo como el termómetro definitivo de la calidad de los sistemas escolares. Los medios las reciben con titulares alarmistas o triunfalistas, los gobiernos las usan para justificar reformas o para culpar a sus predecesores, y la opinión pública las consume como verdades casi científicas. Sin embargo, hay razones de peso para que periodistas y comunicadores no den por buenas ni válidas automáticamente estas evaluaciones. Es necesario mirar detrás: quién las organiza, qué intereses se mueven, cómo se construyen y qué queda fuera del relato.

Este cuestionamiento no nace solo de la sospecha abstracta. Se agrava cuando, como ocurre en República Dominicana, el país aparece consistentemente en los últimos lugares de América Latina y del mundo, y las autoridades responsables guardan un silencio casi total o se limitan a declaraciones genéricas. El mal resultado es escandaloso. El silencio que lo acompaña lo es aún más.
El poder y la influencia detrás de las pruebas
PISA no es un ejercicio técnico neutro. Lo coordina la OCDE, una organización intergubernamental dominada por países desarrollados, orientada a políticas económicas y de competitividad. Al definir qué se mide (competencias aplicadas a la “vida real” en lectura, matemáticas y ciencias), la OCDE establece el marco de lo que se considera educación de calidad a escala global. Eso le otorga un poder de agenda enorme: los países miran sus rankings, adoptan sus recomendaciones y reforman currículos siguiendo su lógica.
ERCE, coordinado por la UNESCO a través del LLECE, opera en un plano más regional. Evalúa a estudiantes de 3.º y 6.º grado de primaria con un enfoque más cercano a los currículos de América Latina y el Caribe. Su alcance es menor, pero también refuerza la posición de un organismo internacional como referente.
En ambos casos hay una ganancia clara de influencia y legitimidad institucional. No se trata necesariamente de un negocio corporativo directo (aunque existen contratistas, consultoras y un mercado de “soluciones alineadas” con estas pruebas), sino de poder blando: la capacidad de moldear el discurso educativo mundial y regional. Quien controla la medición controla, en buena medida, la conversación sobre qué funciona y qué no.
Por eso periodistas y comunicadores no pueden limitarse a reproducir los comunicados oficiales o los rankings simplificados. Deben preguntar: ¿quién diseñó el marco de evaluación? ¿Qué se deja fuera (formación ciudadana, artes, pensamiento crítico más amplio, bienestar)? ¿Cómo se seleccionó la muestra? ¿Qué controles de calidad realmente se aplicaron? ¿Qué intereses políticos o institucionales se benefician de presentar estos datos como la verdad absoluta?
República Dominicana: resultados y silencios
En PISA, República Dominicana se ubica de manera persistente entre los países con peores resultados de la región y del mundo. En las últimas ediciones, los porcentajes de estudiantes que alcanzan el nivel mínimo de competencia (nivel 2) son extremadamente bajos en matemáticas, lectura y ciencias. Los datos son consistentes a lo largo de varios ciclos.
En ERCE 2019 (la última con resultados plenamente publicados), el país también se situó entre los de más bajo desempeño en 3.º y 6.º grado, aunque registró algunas mejoras respecto a la medición anterior (TERCE 2013). El patrón es claro: los cimientos de la educación primaria ya muestran deficiencias graves, y esas deficiencias se arrastran hasta los 15 años.
Lo más preocupante no es solo el lugar en la tabla. Es la respuesta institucional. Las autoridades educativas suelen recibir los resultados con comunicados breves, promesas genéricas de mejora o, directamente, con un silencio que evita el debate profundo sobre las causas estructurales: formación docente, infraestructura, tiempo efectivo de aprendizaje, desigualdades socioeconómicas, liderazgo escolar y continuidad de políticas más allá de los cambios de gobierno.
Evaluación comparada para el caso dominicano
| Dimensión | PISA (OCDE) | ERCE (UNESCO/LLECE) | Relevancia para RD |
|---|---|---|---|
| Edad evaluada | 15 años | 3.º y 6.º grado de primaria | ERCE permite detectar problemas más temprano |
| Enfoque | Competencias aplicadas a la vida real | Logros basados en currículos regionales | ERCE se acerca más a lo que se enseña en el aula dominicana |
| Comparabilidad | Global (incluye Asia, Europa, etc.) | Regional (América Latina y el Caribe) | ERCE ofrece comparación más justa con países similares |
| Frecuencia | Cada 3-4 años | Cada 5-6 años | PISA genera más presión mediática y política |
| Transparencia y control | Estándares técnicos públicos, pero gobernanza centrada en OCDE | Mayor participación de países de la región en el diseño | Ambos tienen controles, pero ninguno es infalible |
| Uso político | Alto (rankings mundiales, reformas orientadas a competitividad) | Medio-alto (diagnóstico regional y factores asociados) | En RD ambos se usan poco para rendición de cuentas real |
Para República Dominicana, las dos pruebas coinciden en el diagnóstico de bajo desempeño. ERCE es especialmente valioso porque muestra que las dificultades comienzan en la primaria. PISA confirma que esas debilidades no se corrigen al llegar a la secundaria. Ninguna de las dos, por sí sola, explica las causas profundas ni sustituye una evaluación nacional sólida, continua y vinculada a la mejora real de las escuelas.
Conclusión: el deber de mirar detrás
Las pruebas internacionales generan datos útiles. Pero no son oráculos. Detrás de ellas hay organismos que ganan influencia, marcos conceptuales que privilegian ciertas visiones de la educación y un uso político que a menudo simplifica o distorsiona los hallazgos.
En el caso dominicano, el escandaloso lugar en los rankings se agrava con el silencio o la respuesta tibia de las autoridades. Ese silencio debería ser, para periodistas y comunicadores, una invitación a investigar más, no a callar. Corroborar las fuentes, examinar la metodología, preguntar por la muestra, contrastar con otras evaluaciones (nacionales y regionales) y seguir los hilos de quién se beneficia del relato son tareas básicas del periodismo serio.
No se trata de negar los malos resultados. Se trata de no aceptar que un ranking internacional, por más prestigioso que sea, cierre el debate o absuelva a quienes tienen la responsabilidad de mejorar el sistema. Los números importan. Las preguntas sobre quién los produce, cómo se interpretan y qué se hace con ellos importan todavía más.
















