Nayib Bukele ha convertido El Salvador en el experimento de seguridad más observado de América Latina. La caída drástica de los homicidios —de más de 2.000 al año a poco más de un centenar— le ha dado una popularidad abrumadora y lo ha convertido en modelo para sectores políticos de la región y más allá. Sin embargo, detrás del relato de “territorios liberados” existe un costo humano documentado: alrededor de 90.000 detenciones bajo el régimen de excepción, al menos 8.000 inocentes reconocidos por el propio gobierno, estimaciones de decenas de miles de capturas arbitrarias, y más de 470 muertes bajo custodia estatal, la gran mayoría de personas sin condena firme.
El texto que circula bajo el título “La estafa se llama Bukele” sostiene que esta gestión intercambia derechos por espectáculo de control, mantiene indicadores sociales estancados o deteriorados (informalidad laboral alta, presión sobre la canasta básica, debilidades en salud y educación) y es celebrada por sectores empresariales y políticos que priorizan el orden sobre las libertades. La pregunta inevitable es hasta qué punto este modelo se parece a las actitudes y prácticas del fascismo alemán en los años previos a la Segunda Guerra Mundial.
Elementos de semejanza
El fascismo alemán de los años treinta no nació de un día para otro. Se consolidó a través de una combinación de crisis real (violencia política, desempleo, humillación nacional), propaganda efectiva, pacto con sectores empresariales y una progresiva suspensión de garantías constitucionales.
Varios rasgos encuentran eco en la experiencia salvadoreña actual:
- El intercambio seguridad-libertad. En la Alemania de Weimar, la violencia de las SA y la inestabilidad política generaron un anhelo de orden que Hitler capitalizó. En El Salvador, las maras habían convertido barrios enteros en zonas de terror. Bukele ofreció una solución radical y la población, cansada, la aceptó masivamente. En ambos casos, una parte significativa de la ciudadanía priorizó la tranquilidad cotidiana por encima de las garantías procesales.
- Detenciones masivas y erosión del debido proceso. El régimen nazi utilizó la “Schutzhaft” (detención preventiva) para encarcelar a opositores y “elementos indeseables” sin juicio real. En El Salvador, el régimen de excepción —prorrogado decenas de veces— ha permitido detenciones sin orden judicial, sobre la base de denuncias anónimas, apariencia física o cuotas policiales. Organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch documentan patrones de detención arbitraria a gran escala.
- Culto a la personalidad y control narrativo. Hitler se presentó como el hombre fuerte que rescataba a la nación. Bukele cultiva una imagen de líder joven, tecnológico y combativo contra “los mismos de siempre”. Ambos dominan el relato mediático y reducen la crítica a traición o complicidad con el enemigo (los judíos y marxistas en un caso; las maras y la “izquierda globalista” en el otro).
- Apoyo de sectores económicos. Empresarios alemanes financiaron y legitimaron al nazismo porque les garantizaba orden, disciplina laboral y combatividad anticomunista. Hoy, sectores empresariales regionales y algunos actores internacionales miran el modelo Bukele con simpatía porque reduce la incertidumbre de la violencia y facilita ciertos negocios, aunque sea a costa de derechos.
- Normalización de la excepcionalidad. Lo que comenzó como medida temporal se convierte en permanente. En Alemania, el Decreto del Incendio del Reichstag y la Ley de Plenos Poderes transformaron la excepción en regla. En El Salvador, el régimen de excepción se ha convertido en el marco ordinario de la política de seguridad.
Diferencias importantes
Las semejanzas no deben oscurecer las diferencias de escala, ideología y objetivo final:
- El fascismo alemán era un proyecto totalitario de transformación racial y expansionista, con un enemigo interno racializado y un programa de conquista exterior. Bukele no articula una ideología racial ni un proyecto imperialista.
- El grado de violencia estatal y de destrucción sistemática de grupos enteros de población no es comparable. Las cifras de muertes en custodia en El Salvador son graves, pero están lejos del terror nazi.
- El apoyo popular a Bukele se sostiene en un logro tangible y medible (la reducción de homicidios), mientras que el apoyo al nazismo combinaba el miedo, la propaganda y promesas de grandeza nacional que terminaron en catástrofe.
- Las instituciones salvadoreñas, aunque debilitadas, no han sido completamente destruidas ni reemplazadas por un partido único de la misma forma.
El peligro del modelo
El verdadero riesgo no es que Bukele sea “Hitler”, sino que normalice una forma de gobierno en la que la seguridad se convierte en el único valor y los derechos individuales se vuelven negociables. Cuando la detención masiva, la suspensión prolongada de garantías y la opacidad penitenciaria se presentan como el precio inevitable de la paz, se debilita la idea misma de Estado de derecho.
Los empresarios y políticos que hoy celebran el “modelo Bukele” deberían recordar que, en la Alemania de los años treinta, muchos creyeron que podían controlar y beneficiarse del autoritarismo sin sufrir sus consecuencias finales. La historia muestra que, una vez que el poder se concentra y las garantías se suspenden de manera prolongada, resulta muy difícil recuperarlas.
La lucha contra las maras era necesaria. La pregunta que queda abierta es si el método elegido —masivo, opaco y con alto costo humano— construye una sociedad más libre o simplemente una sociedad más controlada. Esa es la diferencia entre un Estado fuerte y un Estado autoritario. Y es la diferencia que separa, a pesar de los paralelos, al populismo de seguridad contemporáneo del fascismo histórico.
















