EL DIEZMO
Cómo se ha convencido a millones de dar el 10% de su salario a pastores, casi obligado, como si las bendiciones se compraran

Lo realmente curioso no es que existan pastores que exijan el diezmo con insistencia. Lo sorprendente es que millones de personas, muchas con ingresos modestos o precarios, se hayan convencido de que entregar sistemáticamente el 10% de su sueldo no es una carga, sino una “semilla” que Dios multiplicará. Y más aún: que cuestionar el estilo de vida de quienes reciben ese dinero equivalga a cuestionar a Dios mismo.

El origen bíblico y su evolución
El diezmo (literalmente “décima parte”) tiene raíces en el Antiguo Testamento. En el pueblo de Israel se destinaba principalmente al sostenimiento del Templo, de los levitas (la tribu sacerdotal que no recibía heredad) y, en algunos períodos, para ayudar a viudas, huérfanos y extranjeros. Formaba parte de un sistema teocrático donde religión y Estado estaban estrechamente unidos.
En el Nuevo Testamento, Jesús critica a los fariseos por diezmar hasta las especias más pequeñas mientras descuidaban la justicia y la misericordia. Los apóstoles, por su parte, enfatizan la generosidad voluntaria, la ofrenda alegre y el apoyo a los necesitados, más que una cuota fija obligatoria. San Pablo lo resume claramente: “Cada uno dé según haya resuelto en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre”.
Sin embargo, en muchas iglesias contemporáneas —especialmente evangélicas, pentecostales y neopentecostales— el diezmo se presentó como un mandato permanente y casi innegociable. No darlo equivale a “robar a Dios” (citando Malaquías), mientras que darlo abriría “las ventanas de los cielos”. Esta interpretación se fortaleció especialmente con la teología de la prosperidad, donde la riqueza se ve como signo de bendición divina y la pobreza como señal de poca fe o maldición.
La mecánica de la persuasión
La convicción no surge de forma espontánea. Se construye con varios elementos poderosos:
- Promesa de retorno material: El diezmo se vende como una inversión con interés garantizado por Dios. “Da y se te dará”.
- Culpa y miedo espiritual: Sermones que equiparan no diezmar con desobediencia, egoísmo o falta de fe.
- Presión comunitaria: En muchas congregaciones se hace visible quién cumple y quién no, mediante pactos, sobres o menciones públicas.
- Testimonios selectivos: Historias de milagros económicos para quienes diezman, mientras los fracasos se atribuyen a “falta de fe”.
- Autoridad del pastor: Cuestionar al “ungido de Dios” se presenta como rebelión espiritual.
En contextos de pobreza o inestabilidad económica, esta narrativa resulta especialmente atractiva.
El lado incómodo: ¿ministerio o parasitismo?
No todos los pastores viven en la opulencia; muchos sirven con modestia y vocación genuina. Pero también abundan los casos problemáticos: exigencias de porcentajes más altos (“el 10% ya no alcanza”), pedidos de diezmo sobre indemnizaciones laborales, ahorros de niños o incluso presiones para que se entregue la mitad del sueldo. Mientras tanto, algunos líderes acumulan mansiones, autos de lujo y viajes costosos financiados por fieles de clase media-baja.
La gran pregunta: ¿deberían tributar y transparentar como un negocio?
Si la iglesia recibe dinero de forma sistemática y masiva —a menudo con carácter casi contractual—, surge una cuestión fundamental: ¿por qué no tributa ni rinde cuentas como cualquier entidad que maneja grandes flujos económicos?
El diezmo es dinero. Dinero que entra regularmente a cambio de un servicio espiritual. Muchas iglesias acumulan propiedades, medios de comunicación y riqueza considerable, pero en la mayoría de los países gozan de amplias exenciones tributarias bajo el argumento de ser “organizaciones sin fines de lucro”.
Esta opacidad genera problemas serios:
- Los fieles entregan el 10% sin saber con exactitud cuánto ingresa, cuánto se destina realmente a ayuda social, salarios justos o gastos personales.
- La falta de balances auditados públicos permite que el modelo funcione sin control.
- Si se predica el diezmo como obligación y se vive profesionalmente de él, ¿no se asemeja más a un negocio (espiritual) que a una obra de fe voluntaria?
Exigir transparencia total de ingresos y egresos, y que paguen impuestos sobre actividades comerciales (libros, conferencias, bienes raíces, etc.), no sería persecución religiosa, sino simple equidad. Una iglesia genuinamente al servicio del prójimo no debería temer la luz de la rendición de cuentas.
¿Por qué tanta gente se convence?
La respuesta es profundamente humana: esperanza en medio de la dificultad, necesidad de pertenencia comunitaria, disonancia cognitiva (una vez que se invierte dinero y tiempo, cuesta admitir posibles manipulaciones) y una fuerte cultura de autoridad espiritual.
Reflexión final
El diezmo no es inherentemente malo. La generosidad voluntaria y alegre es un valor noble que ha sostenido obras sociales valiosas. El problema radica en convertirlo en obligación disfrazada de espiritualidad, en la falta de transparencia y en modelos donde las bendiciones parecen comprarse con cheque.
La verdadera fe no se mide por el porcentaje de salario transferido, sino por los frutos visibles: compasión, integridad y honestidad en el manejo de los recursos. Como dijo Jesús: “Por sus frutos los conoceréis”. Y los frutos se ven no solo en los sermones, sino también en las cuentas y el estilo de vida de quienes predican.
Si las iglesias quieren seguir recibiendo el diezmo de millones, deberían aceptar lo que cualquier institución responsable acepta: pagar impuestos justos y mostrar públicamente cómo se usa cada centavo. Porque la luz no le teme a la transparencia. La oscuridad, sí.


















