La adjudicación de espectro a Viettel, la empresa vietnamita que se convertirá en el nuevo operador de telecomunicaciones en República Dominicana, ha desatado una reacción previsible. Un comunicador cuestionó la decisión y, en el trasfondo, resonaron las advertencias de la Embajada de Estados Unidos sobre riesgos asociados a tecnología de origen asiático. La respuesta del presidente del Indotel, Guido Gómez Mazara, no se limitó a defender un proceso de licitación. Puso datos sobre la mesa y, de paso, expuso una inconsistencia que conviene analizar sin dogmas.
Gómez Mazara fue claro: la preocupación estadounidense no está vinculada directamente a Viettel. Recordó que Estados Unidos mantiene relaciones comerciales e inversiones con Vietnam. Y soltó el dato más revelador: alrededor del 64 % de la data que manejan las prestadoras de servicios en el país ya utiliza tecnología china, fundamentalmente por una razón prosaica: el costo. No es un secreto. Es una realidad de mercado que las operadoras locales aceptaron hace tiempo.
Quiénes compiten y quiénes podrían llegar
El mercado global de telecomunicaciones no se reduce a Estados Unidos y China. Hay actores de Asia, Europa, Turquía, Rusia y África con capacidad real de competir en precios, cobertura y despliegue de redes, y varios de ellos ya operan o exploran oportunidades en América Latina y el Caribe.
Desde Asia:
- Viettel (Vietnam) ya entró a República Dominicana con una inversión anunciada de unos 560 millones de dólares y se convertirá en el cuarto operador móvil. Opera también en Haití a través de Natcom y tiene presencia en otros mercados de la región.
- Huawei y ZTE (China) no suelen ser operadores finales, pero son proveedores masivos de infraestructura 4G/5G. Dominan gran parte del equipamiento en varios países latinoamericanos por costo y escala. El propio dato del 64 % que citó Guido confirma su peso local.
- Otros grupos asiáticos (como operadores indios de gran escala o coreanos en equipamiento) participan en licitaciones internacionales de espectro y podrían interesarse en mercados caribeños si las condiciones de inversión y regulación lo permiten.
Desde Europa:
- Ericsson (Suecia) y Nokia (Finlandia) son proveedores líderes de equipos de red. Compiten directamente con Huawei y ZTE en 5G y suelen ser presentados como la “alternativa occidental” confiable. Están presentes en múltiples mercados de América Latina.
- Operadores europeos como Orange, Deutsche Telekom o grupos vinculados a Telefónica tienen historial de expansión, aunque su apetito por nuevos mercados caribeños ha sido más selectivo en los últimos años.
Desde Turquía y otras regiones:
- Turkcell tiene experiencia en mercados emergentes y expansión regional.
- Grupos de Oriente Medio y África (como e& de Emiratos o operadores sudafricanos) han mostrado interés en diversificar hacia América Latina, aunque su presencia aún es limitada.
Rusia tiene proveedores de equipamiento y operadores, pero las sanciones y el contexto geopolítico reducen significativamente sus posibilidades de entrada abierta en mercados alineados con Occidente.
En resumen: el abanico de posibles competidores no se limita a “americanos buenos” versus “asiáticos peligrosos”. Existen opciones europeas, vietnamitas, turcas y de otros orígenes capaces de ofrecer redes competitivas. La llegada de Viettel demuestra que un actor asiático no chino puede entrar, invertir y disputar mercado.
El precedente argentino y la doble vara
El caso de Argentina ilustra el problema con claridad. Estados Unidos ha presionado activamente para limitar o excluir a proveedores chinos (especialmente Huawei) de proyectos de infraestructura crítica y telecomunicaciones, incluso mediante acuerdos comerciales y advertencias diplomáticas. Sin embargo, esa presión rara vez viene acompañada de facilidades concretas —financiamiento accesible, precios competitivos o esquemas de apoyo— que permitan a los países elegir empresas norteamericanas o estrictamente “occidentales” con las mismas prestaciones y a precios comparables.
El resultado es una trampa: se sataniza la opción más barata y masivamente disponible (tecnología china o de bajo costo asiático), pero no se ofrece una alternativa realista y asequible que permita a países de ingresos medios mantener la competitividad de sus redes. En la práctica, se pide renunciar a la eficiencia de costos sin entregar una sustitución viable en igualdad de condiciones.
Eso no es política de seguridad neutral. Es geopolítica disfrazada de ciberseguridad, y termina funcionando como un mecanismo de presión sobre la soberanía de decisión de los Estados más pequeños.
El reflejo del lacayismo local
Aquí aparece el problema de fondo. Existe en sectores locales una tendencia casi automática a defender todo lo que venga con sello norteamericano o “occidental”, a mirar con sospecha cualquier avance tecnológico no occidental y, en el extremo, a satanizar lo que llega de Asia. Ese reflejo no siempre responde a un análisis técnico serio. Con frecuencia se parece más a un lacayismo intelectual y político: la repetición acrítica de las prioridades geopolíticas de Washington como si fueran, por definición, las prioridades dominicanas.
No se trata de negar riesgos reales de ciberseguridad. Cualquier Estado serio debe evaluar proveedores, auditar redes y proteger datos sensibles. Pero convertir esa preocupación en un veto automático a la competencia asiática —mientras se tolera que más de la mitad de la infraestructura de datos del país ya opere con tecnología china— resulta inconsistente y conveniente para quienes prefieren que el mercado siga con las reglas de siempre.
Guido Gómez Mazara puso el dedo en la llaga. Si el problema es la tecnología china, entonces el problema ya está instalado. Si el problema es Viettel, hay que demostrar con hechos en qué se diferencia de la realidad existente. Y si el problema es, en el fondo, el rechazo a que un actor no tradicional entre a competir y baje precios, entonces conviene decirlo sin disfrazarlo de patriotismo tecnológico.
República Dominicana necesita infraestructura moderna, competencia real y capacidad de elegir. Esa capacidad no se construye repitiendo automáticamente los temores de otros, ni despreciando el avance tecnológico de regiones que hoy lideran en escala y costos. Se construye evaluando riesgos con rigor, abriendo el mercado y dejando de confundir el interés nacional con el reflejo del lacayo.

















